Con la constitución del 86 se establecieron normas que hoy serían absurdas, en contra de los derechos humanos o sencillamente irracionales, con la constitución del 91 se logró remplazar ese modelo conservador con uno liberal garantista, pluralista y muchas más –istas, pero esas normas a pesar del cambio generaron esquirlas en la cultura colombiana, una cultura particular que incluso hoy en día vemos reflejada en las acciones y actividades cotidianas.
Puede que en la carta actual no esté permitida la esclavitud y se halla eliminado la figura “permitida” de la servidumbre, pero ¿cuántos de nosotros nos sentamos a almorzar en la misma mesa con la señora del aseo? Ninguno, o por lo menos no el 90% de los colombianos ya que consideramos a estas personas inferiores a nosotros. La discriminación y la diferenciación social permanecen en nuestra cultura a pesar de tener un artículo que versa:
“Artículo 13. Todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, recibirán la misma protección y trato de las autoridades y gozarán de los mismos derechos, libertades y oportunidades sin ninguna discriminación por razones de sexo, raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica.
El Estado promoverá las condiciones para que la igualdad sea real y efectiva y adoptará medidas en favor de grupos discriminados o marginados.
El Estado protegerá especialmente a aquellas personas que por su condición económica, física o mental, se encuentren en circunstancia de debilidad manifiesta y sancionará los abusos o maltratos que contra ella se cometan”.
Al leer el artículo que nos ha acompañado durante estos últimos 20 años y sigo preguntándome si esa igualdad es únicamente ante la ley, ya que entre nosotros y con cierta ayuda del gobierno seguimos aumentando la brecha que hay entre clases sociales, esto agravado por el hecho de que el fenómeno de la discriminación se ha diversificado entre las distintas manifestaciones sociales, incluyendo la orientación sexual, el lugar del que provenga, la educación recibida, la institución que represente, el lugar donde viva, la ropa que use, de que equipo de fútbol hace parte entre muchos otros factores sociales.
El pasado 4 de septiembre de 2011 en el espacio de opinión del periódico El Tiempo Matador publicó una cruel pero real crítica al cambio de la definición de “Pobre” de un ciudadano colombiano, por medio de la cual se establecía que toda persona que tuviera más de $187.079 mensuales no era considerado pobre.
En este sentido su condición económica (el de una persona con $187.079 mensuales) no sería una debilidad manifiesta ya que el gobierno considera que eso es suficiente para subsistencia de una persona, y esto acarrearía que el Estado no tiene la obligación constitucional de proteger a esas personas aun cuando esa cantidad de dinero sea claramente insuficiente para proveerle una vida digna a la persona. Contar con esa cantidad de dinero equivaldría a que la persona disponga de $6235 diarios o aproximadamente 3 dólares; lo que le cuesta un cappuccino a un joven en Londres es con lo cuenta un colombiano NO POBRE para sobrevivir un día. Si este individuo utilizara diariamente el transporte masivo más barato de la ciudad (bus o buseta) de sus $6235 diarios gastaría $2800 en transportes. ¿Cree que con $3435 pueda alimentarse de manera correcta? Del adagio popular que reza: “Desayunar como rey, almorzar como príncipe y cenar como mendigo” el colombiano NO POBRE deberá hacer las tres como mendigo.
Le propongo un ejercicio querido lector:
¿Piense en cuánto gasta usted en leche mensualmente, cuánto en servicios básicos?
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